En esas casas quedarían el archivo de negativos fotográficos de Mariana, que quizá sobrepasa las 
cincuenta mil tomas, su biblioteca, sus documentos personales, su pequeño acervo de grabados, y 
las obras que los compañeros de trabajo más entrañables, como Leopoldo Méndez y Pablo O´Higgins,
le dedicaron. Archivo de inmenso valor patrimonial, pues la artista registró, acuciosa, medio siglo de
mutaciones dramáticas en la vida de los sujetos sin historia, pero en los cuales el país pretende fundar
su indentidad.

La fotógrafa sabía que su propio archivo fotográfico no le pertenecía del todo, era memoria de otros y 
debía permanecer en México. Es el caso de sus repertorios de arte popular, reunidos más por el 
asombro que por un mero afán o por criterios de taxonomía etnográfica; selección de objetos marcados 
por una aguda visión plástica cargada de ironía.

Mariana Yampolsky se inscribe en una añela tradición de artistas donantes, figuras aisladas cuyo gesto 
destaca como cimiento del patrimonio nacional, frente a la timidez del esfuerzo corporativo e institucional. 
Por su parte, la Fundación Cultural Mariana Yampolsky recibe un legado complejo, con el reto de 
Arte Popular
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